Semana Santa - Artículos

El entierro del Cristo de Benlliure

La tierra, nuestra madre, Señor, te requería.

La tierra, donde estaba tu Cruz, en pie clavada.

En los cipreses trémulos la tarde se moría

como Tú, de terrores divinos desangrada.

y, el pueblo desquiciado, curiosas gentes, testigos del deicidio, penetrados de un morbo de angustia y terror, después de todo lo presenciado, se aleja; todos se van del evento, mientras queda enarbolado el Cuerpo divino de Jesús, que no podían dejar allí los suyos, al acecho de tantos peligros; hay grabados escalofriantes que así nos lo relatan. Se desciende el Cuerpo, amorosamente, hasta que reposa en tierra, sobre unos lienzos en los que será suspendido hasta su traslado al sepulcro. No había en su entorno ni unas parihuelas de aquellas que abandonaron los paralíticos que Él curó.

Es el momento que nos recuerda, hoy, el Cristo Yacente de Benlliure: Jesús sobre

la roca fría del Calvario

espera el momento de ser portado hasta la sepultura que le cede, en exclusivo estreno, José de Arimatea. Y, a continuación, el entierro; el íntimo entierro -como desean ser enterrados tantos mortales enamorados de la Pasión-; un dolorido entierro, en la intimidad de la nueva familia, como nos viene recordando el poeta Lope Mateo(*):

Blancos cendales, manos de las mujeres santas,

regazo de la Madre, piedad de Aritmatea,

olor a nardos vírgenes, Señor, para tus plantas...

y la estrella del véspero sobre la noche hebrea.

            No me acuerdo, y me pregunto: ¿Lleva nardos a sus pies el Cristo del Entierro de Hellín?

            Envolvía el silencio de aquel alto la íntima congoja, el latido de los mínimos presentes: La Madre, la Magdalena, el nuevo hijo universal, Juan, y el dueño de la heredad, aquella sepultura generosa y breve. ¿Algún criado de José que ayudara al porteo? Lacónico entierro hacia la próxima roca. Ese fue el entierro de Nuestro Señor.

            Entierro y sepulcro en la noche del Viernes Santo, cortejo de amigos, yo quisiera que todos fueran seguidores también, de aquella mínima familia y, en el largo recorrido, por el viejo Hellín, se vive la conciencia de la muerte de Jesús.

¿A dónde se encamina tu funeral cortejo?

¿Tú también a la tierra pagarás tu tributo?

¿Ya el sol de las parábolas no es de tu gloria espejo?

Cómo en la sombra amarga verdecerá tu fruto?

            El sentido de la imaginería prescindió de las urnas barrocas que encerraban a Cristos yacentes, en tantos lugares, para renovar el sentido evangélico, y sacar a una próxima devoción y admiración del pueblo la realidad del Redentor que, sin encajonamiento, está próximo a la resurrección. Hace muchos años que Benlliure rompió el molde para Hellín.

            Un Cristo desnudo sobre la tierra madre, la que pisó entonces y nos ha legado como heredad de comprometido testimonio: esta tierra nuestra de cada día, la de los afanes, de los amores, de los dolores, ay, de las peleas entre los hermanos y, sin embargo, cofrades de tantas empresas, para llevar, para llevarte, Señor, en sus hombros, por el recorrido de todos los años, de todos los días. Y,

 

Por la noche adelante yo marcharé sumiso.

Yo velaré a la puerta del sepulcro sellado

donde, como tu Cuerpo, la Eterna Lumbre quiso

quemar de mis cenizas el polvo enamorado.

                                                                                                                                 

Abraham Ruiz Jiménez

 NOTA: (.) Extraordinario poeta y ensayista, natural de Salamanca, destacada figura de la lírica de los años cincuenta, en los que obtuvo importantes premios nacionales. El poema completo figura en el n° 5 de la revista MACANAZ.

Artículo aparecido en el Número extraordinario de Semana Santa de EL DIARIO DE HELLÍN 2003

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