Semana Santa - Artículos

Tambores  y Clarines, Amor y Fe

La ciudad está bañada de sol y alegría; unos jovencitas atraviesan, como con miedo, las callejuelas que conducen a sus hogares, van muy deprisa, ¡hace calor! Llevan fuego en los ojos, en el alma, van muy contentas... Es que aman mucho y de verdad, como su querida Dolorosa.

            Jóvenes que esperan; ancianas que, masculando avemarías, se dirigen al templo; pequeñuelos que se desesperan; cofrades que silenciosos, caminan muy deprisa; todo es ansiedad, vida, cuando una carcajada en crescendo que parece burlarse de ellos ensordece los oídos; es que salen los tambores, grito parchesco en aquella quietud apacible; chirrido gruñidor, consuelo de esperanzas, antes paz, ahora fatiga...

Los tambores aumentan; clarines chillones que gritan todo lo contrario a disciplina; cruces y crucetas que, inclinadas, se enarbolan sobre los nazarenos amalgamados en color; barbarie que pudo existir...

Parece que vuelve la calma; es que la procesión se avecina. Poco a poco, vemos pasar una, dos, tres imágenes con sus hermandades respectivas y casi asimétricas, no sin que por las filas haga su entrada y salida algún que otro tamborilero inoportuno; otra cofradía, otra imagen, y un rumorcillo de ansiedad y latir de corazones se esparce por balcones y baldosines ocupados por el pueblo; todos se arrodillan; ¡ya viene la Dolorosa!

Mujer y mártir, resignada con su pena, llorando perlas de amor, adelanta la imagen que Salzillo esculpió, a quien hizo madre amantísima, a quien hizo madre hellinera; llora el anciano, porque evoca; lloran las mujeres porque en ella creen y en ella aman; las jóvenes también lloran... y todos lloramos porque somos hellineros.

Muere el Jueves; ha muerto su mañana. En la tarde, todo es entrar y salir de los templos; mujeres, niños, parejas de enamorados, ancianos, todos los visitan; unas hermandades encapuchadas, cual fantasmas iluminados, cortan el poco murmullo que resta en las calles. Todo parece pronto a morir; la tarde también muere, ahogada en luto de la noche; la tierra, antes brillante, toma destellos de alfombra oriental ennegrecida por el tiempo. De pronto, como una protesta al silencio, a la paz, la carcajada vuelve a luchar fatigosa y cansina durante la noche que parece hervir una lumbre desorientada y tenaz, atizada de rumores graves, de fuego, de amanecer, de misterioso idealismo y redobles alcoholizados, hoguera que se extingue con el crepúsculo... ¡Viernes Santo hellinero!...

Amanece... Por entre los nerviosos huequecillos de los árboles, unos pajarillos picudos y juguetones saltan con facilidad buscando a sus padres; han visto una flor y se detienen curiosos sobre ella; la pobre se troncha y cae; unos pétalos movidos por el airecillo mañanero, brillan en el terruño; más a lo lejos, nubecillas que se queman encima de una salida de sol y desaparecen como por encanto de hadas infantiles...

La procesión se dirige al Calvario; bordea la pradera que se oxida del brillar metálico de los trofeos y se tiñe de nieve, de sangre, del luto del simulacro; encima del Gólgota, el estrépito, la alegría, ansía imponerse a la lenta paz que avanza, que nunca llega; suena una música que exuda tradición, interrumpida por un lamento de caña hueca, de pito viejo y polvoroso, de saeta judía que toca un encapuchado en apuesta mofletuda, tenaz...

La ciudad huele, entre tanto, a desierto, a desolación. El humano reptil se aproxima a la cima donde hay mucho sol, muchas mujeres, más alegría y muchos más caramelos y tambores. Hellín es el Calvario; todo está allí, como también toda su “Semana Santa”. Sevilla tiene imágenes mejore, como también Murcia tiene más fe, más orden; “Viernes Santo hellinero” lo tiene Hellín con su exclusiva; nadie más...

Mañana de amor, de luz; mañana cristiana, donde tus moradores son iguales, son felices; eres de Goya un lienzo, de Turina un poema, de Bécquer, su corazón. Tienes mujeres hermosas, digamos como el poema: “Ya tiene poesía”; tienes flores, tienes sol, ¿qué más puede pedir de ti la primavera?... Mirada de lejos, eres un carnaval borrascoso, donde ríe, no la carátula mentirosa y burlona, sino el pelele araposo, hierático: de cerca, viviéndote, la tristeza vence al contento, el pensamiento al alma, a las pasiones el corazón.

Es la materia idealizada con escarcha de felicidad, de fe, con lágrimas de Dolorosa...

Alberto Prats Más (1907-1928)

 

Artículo aparecido en el Número extraordinario de Semana Santa de EL DIARIO DE HELLÍN 2003

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