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Semana Santa - Peñas |
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La Semana Santa como una tradición pública y popular que compartir Javier Valenciano – Peña “Los Cabecicas” Durante los últimos años la participación en las diferentes manifestaciones que tienen lugar durante la Semana Santa ha alcanzado una dimensionalidad que, lógicamente, ha provocado cambios evidentes en su desarrollo. El nacimiento de nuevas cofradías y hermandades y el crecimiento experimentado por las ya existentes y por la participación popular en las tamboradas son, sin duda, los principales factores que han contribuido a ello.
En este sentido, me gustaría contribuir apelando a una cuestión difícilmente gestionable por parte de las asociaciones o autoridades responsables porque, en gran medida, depende de cada uno de nosotros y además tiene que ver con nuestras creencias o visiones personales. Me refiero a la actitud de todos y cada uno de los protagonistas de la Semana Santa, que somos todos los que de una u otra forma participamos en ella, bien como miembros de una hermandad o cofradía, como tamborileros, como espectadores del espectáculo o a través de cualquier otra forma posible. Y es que, desde mi punto de vista, muchos no entendemos todavía que esta fiesta nos pertenece a todos al tiempo que ninguno es dueño de ella. Y me parece fundamental que estas cuestiones sean plenamente comprendidas, asumidas e interiorizadas por todos, porque de lo contrario, ninguna otra medida será bien acogida y respetada. La primera, que todos los que participamos de una u otra forma en la Semana Santa somos protagonistas de ésta y, además, de primer orden, en un mismo rango. Todos la construimos y reconstruimos cada año desde diferentes vertientes pero de igual trascendencia y relevancia. La segunda, que tanto la fiesta como el espacio en el que se desarrolla, la calle, tienen un carácter público y popular, es decir, son de todos y para todos, y en este sentido, son bienes que es necesario compartir para que todos tengamos la posibilidad de disfrutarlos. De esta manera entenderemos que el tamborilero tiene que saciarse de tambor hasta reventar, que el nazareno debe lucirse al desfilar, que los costaleros tienen que emocionarse con su caminar y que quienes miran desde las aceras y balcones atentamente a cada uno de los anteriores deben también saborear el paso de unos y otros y la música que los acompaña. Y todos en la misma medida, porque en esta fiesta hay tiempo y espacio para todos y, por ello, no puede haber lugar para irreales conflictos de intereses que emergen, justamente, cuando no se comprenden estas mismas cuestiones que ahora estoy poniendo de manifiesto. La tolerancia tan aclamada durante éste último año significa, precisamente, comprender estas cosas, permitir a todos y cada uno de los protagonistas de la Semana Santa saborearla en sus diferentes manifestaciones. Tolerancia que es para todos los que construimos la Semana Santa y participamos en ella con esta actitud; para todos los que salimos a la calle con la intención de ser uno más de sus actores, sin ningún derecho o poder especial sobre el resto de los protagonistas; para todos menos para quienes son intolerantes, es decir, para todos menos para quienes no comprenden el carácter de la fiesta y pretenden adueñarse de la calle para hacer sonar su tambor o para lucir su imagen o su marcha musical y con ello ser actores más destacados que los demás. Si verdaderamente deseamos que esta fiesta tan singular siga resultando así de especial para todos los hellineros es imprescindible, desde mi punto de vista, una toma de conciencia respecto a la problemática que entraña la expansión y el crecimiento del fenómeno de la Semana Santa. Al margen de una gestión y organización renovada de una actividad cada vez más compleja, es necesario también una concienciación de todos los agentes implicados respecto al papel que cada uno juega en esta fiesta y respecto a la convivencia que hay que promover en ese marco incomparable que constituye Hellín y sus gentes en estos días de Semana Santa. De lo contrario, auguro un futuro desesperanzador a la Semana Santa de Hellín, a la que algunas personas comienzan a dejar de acercarse y a la que también algunos hellineros están empezando a abandonar. Mi más profundo deseo es que en los próximos días que se nos avecinan todos hagamos nuestra esta actitud que defiendo para que cada uno de los que hacemos posible esta fiesta tengamos nuestro espacio y nuestro tiempo sin tener que pelear con los complejos y los afanes de aquellos que no comprenden donde termina su parte del pastel y donde comienza la de los demás. Artículo aparecido en el Número extraordinario de Semana Santa de EL DIARIO DE HELLÍN 2003 |
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