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16 de Enero de 2008 |
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Se nos fue un gran poeta Rafael ToledoEstaba disperso, dudando, buscando una cuestión para seguir escribiendo. No deseaba seguir opinando otra vez sobre el manido tema de la economía. De hecho en un par de artículos anteriores, había abusado utilizado este argumento como base importante de los mismos. Seguir con el dilema del fifty-fifty, del vaso medio lleno o medio vacío, lo más parecido a la realidad será algo intermedio entre la euforia del gobierno por el superávit y el discurso catastrofista que se ha apropiado la oposición, a cuentas de los malos datos de final de año. En estas estaba, cuando oyendo la radio conocí la noticia de la muerte del poeta Ángel González. Ángel González, nacido en Oviedo en 1.925 poeta significativo del grupo literario del 50, junto con nombres importantes como José Hierro, José Manuel Caballero Bonald, Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines o Claudio Rodríguez entre otros. Poeta del exilio interior, como a él le gustaba decir y que en los primeros setenta y hasta su jubilación en 1.993 ejerció su cátedra de profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad de Nuevo México, concretamente en Albuquerque. Aunque nunca perdió su relación con España, volvió definitivamente tras su jubilación para vivir sus últimos años rodeado de nuevos amigos, Benjamín Prado, Almudena Grandes, Luis García Montero, Juan Cruz, Joaquín Sabina. Fue este un tiempo donde recogió el fruto de su obra. Pero no quiero extenderme escribiendo datos biográficos que cualquier lector puede encontrar si se lo propone, o le interesa. Su bibliografía es extensa y gracias a las nuevas tecnologías, existen soportes audiovisuales en la Red donde podemos ver al poeta recitando muchos de sus poemas. Conocí personalmente a Ángel González hace unos años, en una calurosa noche de verano. La concejalía de cultura de la ciudad donde resido había programado una velada poética, actividad cultural rara, poco habitual, y menos al aire libre, pero lo cierto y verdad es que resultó de lo más interesante. Aunque no es norma habitual, el público fue numeroso y respetuoso, entregado a los poetas que desde el escenario declamaban sus versos. Allí estaba sentado en primera fila en una incómoda silla de madera, con esa imagen tan particular de anciano venerable, escuchaba con atención a poetas jóvenes, la nueva generación. A pesar de estar protegido por la oscuridad de la noche, noté como me ruborizaba. Mi saludo fue una entrecortada disculpa por haber descubierto sus versos escuchando un disco-libro donde el cantautor Pedro Guerra pone música a algunos de sus poemas, junto con otros recitados por el mismo Ángel González. Un apretón de manos junto a una dedicatoria escrita en el mini-libro, me viene ahora a la memoria, cuando un fallo respiratorio ha acabado con la vida del poeta a sus 82 años. |
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